“La esquina de Ballesteros usted la puede encontrar junto a la huella olvidada del viejo camino real… Mi canto es un homenaje al rudo pasado aquel cuando a Celso Caballero lo arrió la indiada ranquel…” canta Mario Nicosía acompañado por el arpegiar de su guitarra.
Por algún motivo, que desconozco, recuerdo esas estrofas de la canción “La esquina de Ballesteros” de Mario Nicosia, cada vez que paso por la intersección del Boulevard Río Segundo y calle Altamira (la que conduce al cementerio).
Ballesteros cuenta con casas muy bonitas, algunas antiguas pero remodeladas, otras construcciones modernas con lindos jardines con plantas y flores, sin embargo hay una esquina que cuenta con el frente mejor cuidado y prolijo según mi entender. Cada vez que paso por allí, no puedo dejar de admirar el trabajo y la dedicación para semejante belleza.
Un medio día de julio, con cielo despejado, el sol otoñal descansaba sobre la planicie del frente de la casa de Víctor Irusta. Apoyado sobre el aljibe, rastrillo en mano y una sonrisa de ojos achinados Víctor nos recibe amigablemente.
En la casa de Víctor no hay yuyos, nada, pasto tampoco. Piso de tierra y un bordo de tierra, digo de haber sido de un meticuloso arquitecto, separa la calle de la vereda. El bordo, o los bordos, mejor dicho, porque son varios, están separados por desagües. Ladrillos apisonados en el suelo ayudan en los días de lluvia a que el agua corra por detrás del bordo y tome su curso hacia la calle.
Él solo, con dedicación y paciencia trabaja diariamente en cuidar la verda, la calle y el frente de su casa: “bueno si el frente muy lindo, el frente de acá, todo, la calle la arreglo yo, la vereda, de a poquito voy haciendo las cosas… lo voy haciendo todos los días. Esta mañana le pasé el rastrillo, le pasé el rastrillo ahí, lo acomodé, le pasé ahí, a la tarde lo voy a volver a acomodar y así voy haciendo las cositas, despacito. Día por día voy haciendo.”
El terreno parece una extensa cancha de bochas, por la perfección de su terreno y esa planicie describe el esfuerzo y la dedicación de la tarea. Víctor emplea tierra negra y arena, las mezcla y de a poco va emparejando la superficie. No le gustan lo yuyos, por eso es dificil ver algo verde entre el marrón de la tierra.
- Esta noble tarea se facilita con un set de herramientas, las cuales en su gran mayoría son ejemplares desechados por sus vecinos y recicladas por el propio Víctor. “Ese rastrillo taba tirado allá, yo lo traje y le puse todo, le hice todo completo, plástico con un pedacito de chapa y ahí lo tengo para trabajar..” comenta mientras señala un rastrillo plástico.
- Hoy Irusta se gana la vida limpiando algún sitio o el patio de algún vecino, afila cuchillos, tijeras y hasta cadenas de motosierras. Sin embargo, la gran parte de su tiempo se la pasa allí, en la casa donde creció junto a sus padres, a quienes recuerda continuamente. Desde niño, junto a su padre, trabajó en hornos de ladrillo, y ahí en los campamentos aprendió a trabajar. Ahí aprendía a quemar, armar hornos, cortar, banquetear y pisar el barro, poner la liga, y poner todo y hacer todo el material del campamento. Íbamos a buscar leña, íbamos a buscar silos, la carbonilla, lo que sea. Y trabajamos en toda la región.
- Y trabajaba con su papá?
Sí, yo y mi viejo nomás.
Hoy Víctor cuida el frente, el jardín y lo suyo. Tiempo atrás sufrió el robo de una motosierra y con ello es destrozo de una ventana. Hoy teme dejar la casa sola, no solo por volver a sufrir un robo, sino por el temor de que algún dañino haga de las suyas.
La nostalgia lo envuelve y parece transportarlo a un pasado mejor, esa vida de campamento y acompañado de su padre. Hoy quizás este trabajo, el cuidado de su casa, y también la de sus padres, es una forma de volver al campamento, volver a esos años y tener presente a quien fue su compañero, su maestro y su guía.
