“Esa estrella era mi lujo” cantan los Redonditos de Ricota en su cuarto disco de estudio, ¡Bang! ¡Bang!, que salió a la luz en 1989, y rápidamente se transformó en un ícono del rock nacional.
Ocho años antes de aquel lanzamiento discográfico, comenzaba a brillar una estrella que con el tiempo se convertiría en el lujo de Julio y de tantos otros. A kilómetros de distancias y con vidas y objetivos distantes de los Redondos, aunque con algunas similitudes, Julio Kielh se proponía a volver a hacer fútbol en Talleres, y apeló al sentido de pertenencia para atraer a varios jugadores que se habían alejado, porque la “T” había dejado de competir en la Liga. Así se armó un gran grupo, que cautivó a sus simpatizantes, convocando a una multitud en cada presentación. Así como el Indio Solari tuvo su “misa ricotera” en cada recital, Julio armó un equipo, que también hacía de cada presentación un ritual cuasi religioso, que ningún hincha se quería perder.
Cualquier charla futbolera que mantenía Julio, terminaba en el equipo del ´81. No es para menos, estuvo a punto de la hazaña, cuando perdió el triangular final en manos de Sarmiento de Leones. Esa estrella era su lujo, y así te lo hacía sentir. Fue el mejor equipo que tuvo Talleres, Ballesteros y hasta la Liga Bellvillense, afirmaba sacando pecho. Y lejos de adueñarse de los laureles, reconocía sin ponerse colorado que a él le armaban el equipo. Es que firmaba las planillas como técnico, pero no cumplía tal función. Era el presidente. Es que Talleres no tenía plata para contratar a un DT y los jugadores de mayor experiencia se encargaban de parar al equipo, anunciaba mientras achinaba los ojos y pitaba su cigarrillo.
Si algo caracterizó a Julio, al menos en sus últimos años, más allá de su fanatismo por Talleres, por el peronismo y su amor por Ballesteros, fue su prodigiosa memoria. Así recitaba aquel grandioso equipo subcampeón de la Liga: “Tetelo" Albiero, al arco, en la defensa el “Piraña” Dekimpe, el Daniel Puccetti, el “Tata” Eusabio y el “Bicha” González; en medio Marusich, el “Lalo” Ceballos y el “Kiko” González; y adelante, “Ricardito” Oviedo, el Germán Barrionuevo y el “Güara” López. Y mirá que equipazo, en el banco estaban el Elio Fuentes, el “Chipaca” González, el “Macheche” Rodríguez.
Sería un gran error reducir la obra de Julio a ese equipo del ´81. Su personalidad lo llevó de delegado a presidente del club y desde allí a ocupar el sillón presidencial de la Liga Bellvillense, durante 5 mandatos, para luego pasar a presidir la Federación Cordobesa de Fútbol. Y si bien, se reconoció poco hábil para el fútbol, gambeteó a la AFA, para quedarse en Ballesteros. Sin embargo, ese no fue uno de los logros que le generaba mayor orgullo. Él tenía otra estrella que era su lujo.
Sus ojos brillaban y su sonrisa se dibujaba ni bien la nombraba. Alta, elegante, fina, imponente, la más grande de todas. La Copa Challeger, sí. El trofeo más grande que tiene hoy Talleres en sus vitrinas fue moldeada a puro pulmón, con su torno en el taller de la calle Anselmo Vázquez. Y su valor se engrandece porque fue fabricada en nuestra localidad y además, porque tenerla no era tarea sencilla, había que ganar el torneo de bochas del club tres veces consecutivas o hacerlo en cinco ocasiones alternadas. En la última edición que se disputó, allá por fines de los años 80, se destacaron Danilo Rivera y Carlos Aguirre, dos grandes bochófilos del matador, que le dieron una gran alegría a los hinchas del matador y sobre todo a Julio Kielh, tras el tricampeonato.
Hoy la Copa se exhibe en las vitrinas del club, junto a otros trofeos que cosechó la institución a lo largo de su historia. Para los jugadores que compitieron por ella, para aquellos que la ganaron, sin dudas que poder exhibirla en el club es un orgullo. Pero para nuestro protagonista de hoy, sin duda que más que orgullo, era su estrella, y esa estrella era su lujo.
Este artículo fue publicado en el diario La Linterna, septiembre de 2021, en homenaje a Julio Federico Kiehl.
